No hay, al principio, nada. Nada. El río
liso, dorado, sin una sola arruga, y detrás, baja, polvorienta, en pleno
sol, su barranca cayendo suave, medio comida por el agua, la isla. El
Gato se retira de la ventana, que queda vacía, y busca, de sobre las
baldosas coloradas, los cigarrillos y los fósforos. Acuclillado enciende
un cigarrillo, y, sin sacudirlo, entre el tumulto de humo de la primera
bocanada, deja caer el fósforo que, al tocar las baldosas, de un modo
súbito, se apaga.Vuelve a acodarse en la ventana: ahora ve al Ladeado,
montado precario en el bayo amarillo, con las piernas cruzadas sobre el
lomo para no mojarse los pantalones. El agua se arremolina contra el
pecho del caballo. Va emergiendo, gradual, del agua, como con sacudones
levísimos, discontinuos, hasta que las patas finas tocan la orilla.