Si ella empezó a desperdirse de él cuando nació Pajarito, él empezó a despedirse de ella bajo el sol furioso de un mediodía, mientras descansaba sobre la pala, las patas hundidas en el barro, la espalda ardida; los ojos, dos puñaladas de odio.
Eran las cuatro de la tarde. El silencio era casi
completo, no soplaba la más leve brisa. Únicamente un sutil entramado de
ruidos: terrones de tierra reseca rompiéndose bajo los zapatos, los ratones o
lagartijas escondiéndose a medida que ellos se acercaban. A mitad del pasillo
principal había una estatua que representaba a Cristo en ademán de alegre
bienvenida. La estatua era fea, desproporcionada (las piernas cortas, un torso
casi de boxeador, brazos largos, las manos grandes, un poncho gaucho al hombro)
y emanaba cierta desolación como esos personajes de Disney mal dibujados en las
calesitas de barrio. Con la pala en la mano siguió a su madre hasta la parte
más alejada del cementerio. Después de equivocarse un par de veces, la mujer se
detuvo frente a una pequeña tumba hundida y sin flores, señalada tan sólo por
una cruz de madera muy castigada por los años y la intemperie. En el centro de
la cruz había una chapa en forma estilizada de corazón, de color negro y con
una borrosa pero legible inscripción en blanco. Dejó la bolsa sobre el piso a
un costado.
—Acá es. Pasame la pala.
—Cómo vas a ponerte a cavar vos, te va a hacer mal.
No pudo evitar un escalofrío cuando leyó, pintado
en el corazón de lata: “Daniel Molina 2-12-1972/10-4-1973”. Miró a su madre.
Ella miraba el suelo hundido.
—Pobrecito, todos estos años bajo este sol
tremendo.
(Carlos Busqued, Bajo este sol tremendo, pgs. 72-73, 2009)
Todo cuanto el hombre expone o expresa es una nota al margen de un texto borrado del todo. Más o menos, por el sentido de la nota, obtenemos el sentido que había de ser el del texto; pero queda siempre una duda, y los sentidos posibles son muchos.
El legado de un profesor de literatura está en sus manos: los subrayados
que hizo en los márgenes de los libros que leyó, anotó, estudió y amó a
lo largo de su vida. A partir de esta premisa, Miguel Vitagliano
reconstruye en Tratado sobre las manos un camino emocional e íntimo en
el que la reflexión sobre la literatura y su posible sentido encuentra
un cauce afectivo que deposita en el corazón de los lectores.
Por Mara Laporte
Algunos
escritores tienen una historia para contar; otros prefieren salir a su
encuentro. Miguel Vitagliano se encuentra, sin duda, entre estos
últimos. Tratado sobre las manos, su última novela, probablemente sea
menos una historia que una búsqueda, un recorrido que parecen transitar a
la par el propio autor, cada uno de los personajes y, en consecuencia,
el lector, que a lo largo del trayecto no puede sino agradecer el haber
sido invitado a la aventura. Hacia dónde va esta historia lo iremos
vislumbrando de la mano de Lidia, su protagonista, una maestra retirada
que, a los 62 años, sufre la muerte de su marido, Víctor, un profesor de
literatura latinoamericana a quien dedicó toda su existencia. En medio
del duelo, Lidia comienza a recorrer la biblioteca de Víctor, y es allí
donde empieza a mitigar su dolor, reencontrándose con su marido en los
subrayados y comentarios al margen dejados por él en los miles de libros
que ha leído a lo largo de su vida. Entonces, la idea que se le ocurre a
Lidia alcanza la dimensión de su pena: transformar esas escrituras
marginales en el último y verdadero libro de Víctor, el que él mismo fue
escribiendo en los márgenes de otros, casi sin advertirlo, durante toda
su vida. Porque “la muerte era estar quieta y ella estaba viva, y
Víctor también, mientras mantuviera sus palabras en movimiento”. Y este
proyecto, tan descomunal como maravilloso, acaba reencontrándola no sólo
con Víctor, sino también con su propia familia, con quien comienza a
reconstruir los lazos de un vínculo que parecía hasta entonces deshecho.
No hay, al principio, nada. Nada. El río
liso, dorado, sin una sola arruga, y detrás, baja, polvorienta, en pleno
sol, su barranca cayendo suave, medio comida por el agua, la isla. El
Gato se retira de la ventana, que queda vacía, y busca, de sobre las
baldosas coloradas, los cigarrillos y los fósforos. Acuclillado enciende
un cigarrillo, y, sin sacudirlo, entre el tumulto de humo de la primera
bocanada, deja caer el fósforo que, al tocar las baldosas, de un modo
súbito, se apaga.Vuelve a acodarse en la ventana: ahora ve al Ladeado,
montado precario en el bayo amarillo, con las piernas cruzadas sobre el
lomo para no mojarse los pantalones. El agua se arremolina contra el
pecho del caballo. Va emergiendo, gradual, del agua, como con sacudones
levísimos, discontinuos, hasta que las patas finas tocan la orilla.
“A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde. Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde…”
Era el lunes 9 de julio de 1973 y, desde los micrófonos de la Radio Sarandí,
Ruben Castillo recitaba y volvía a recitar el “Llanto por Ignacio
Sánchez Mejias” de García Lorca. Todos los uruguayos veteranos lo
recuerdan, porque si no lo escucharon se lo contaron. Era una
convocatoria. Una consigna. Doce días antes, en la madrugada del 27 de
junio, Bordaberry había firmado aquel decreto de
disolución de las Cámaras legislativas, iniciando una política funcional
a los mandos militares. Esa misma madrugada, la conducción de la Convención Nacional de Trabajadores (CNT) se reunió clandestinamente en la sede de la Federación de Obreros de la Industria del Vidrio y lanzó la huelga general y la ocupación de los lugares de trabajo para resistir al golpe de Estado.
Ya luchan la paloma y el leopardo a las cinco de la tarde. Y un muslo con un asta desolada a las cinco de la tarde.
En
la mañana del 27 de junio de aquel frío invierno, Montevideo quedó en
silencio como si todo se hubiera apagado. El transporte público no
circulaba, las calles sólo eran cruzadas por vehículos militares, las
fábricas y los talleres ya habían sido ocupados por los obreros del
primer turno y también las oficinas públicas. Se habían paralizado las
curtiembres de Nuevo París, los frigoríficos del Cerro, la destilería de
Ancap en La Teja, los hospitales, la cervecería del
Reducto, las instalaciones de Paycueros y Paylana en Paysandú, las
textiles de Juan Lacaze y de Colonia, las facas en los cañaverales de
Bella Unión. La FEUU ocupó las facultades. Los trenes no
se movieron. El paisito entero se detuvo. Las empresas difundieron
comunicados por las radios advirtiendo que los trabajadores que se
negaran a cumplir tareas serían despedidos sin indemnización. El
ejército desalojó numerosas fábricas, pero los asalariados volvían a
ocuparlas, empecinadamente. Las familias respaldaban a los huelguistas
desde la calle, llevando alimentos y mensajes o cumpliendo otras tareas.
Carteles y pintadas con la leyenda “abajo la dictadura” aparecieron en
las paredes de la ciudad y se leían en las fachadas de las fábricas.